martes, 20 de octubre de 2009


 INUNDACIÓN DE 1864(1)  Por Demetrio Cueves Suñer

El jueves 3 de noviembre del indicado año, víspera de la inundación, amaneció en el Valle un día hermoso y apacible, en el que lució espléndidamente el sol, si bien al atardecer apareció en el horizonte, por la parte de levante, una especie de neblina que los expertos nativos, con bastante acierto, denominan "sello", indicador de un inmediato cambio atmosférico. La noche se inició igualmente clara, brillando las estrellas, sin que nadie sospechara que la lluvia y el semiseco riachuelo Sellent pudieran de inmediato turbar el plácido sueño que los habitantes del pueblo dormían mientras el sereno recorría sus calles cantando el tradicional "Ave María Purísima, las once y sereno", con lo que indicaba el estado despejado del cielo.

                Transformada la neblina en densos nubarrones, un fresco viento los empujó desde la costa hacia el interior. Alrededor de las doce, se desencadenó el huracanado viento y, tras deslumbrantes relámpagos y desgarrados truenos, se inició la lluvia torrencial, con tal intensidad y violencia, que más bien parecía que ls nubes, convertidas en rellenos estanques, hubieran reventado, vertiendo verdaderas cataratas de agua. En algunos instantes cesaba en seco de llover, como si las nubes necesitaran el relevo de otras más cargadas o tomar aliento para, tras breve pausa, arreciar de nuevo con mayor fuerza.

                A las ocho de la mañana del día 4, día de San Carlos, topónimo con el que los naturales del Valle conocen la fecha en que ocurrió la mayor de las inundaciones que registra la historia -y fueron muchas las que la comarca padeció-, penetraron en el pueblo las aguas del desbordado río, alcanzando en la calle Mayor, y en casi todas las demás de la localidad, la altura de unos veinte centímetros. En este primer avance no llegaron a rebasar el umbral de la casa abadía, ni el de la iglesia, aunque en esta quedó aislado el párroco don José Rubio, que se disponía a celebrar la santa misa. Solamente en la calle San Roque y en la parte más baja de la de Santa Ana alcanzaron las aguas, en esta inundación preliminar, la altura aproximada de un metro

                A las diez de la mañana, aclaradas las nubes y suavizada la lluvia, se retiraron del pueblo las aguas del río. Momentos después, con fuerte viento racheado, volvió la lluvia a precipitar nuevos torrentes de agu, que a las dos de la tarde produjeron una segunda riada, mucho mayor que la anterior, ya que las aguas alcanzaron en la hoy plaza de los Mártires una altura de dos metros treinta y un centímetros sobre la antigua acera desaparecida, dos metros y medio en la iglesia y más de tres en la calle de San Roque.

                En la noche del 2 al 3 se había cometido un robo en la desaparecida casa de Vera, que estuvo situada cerca el molino arrocero de Cotes. Con este motivo se encontraban en Cárcer al producirse la inundación el juez de instrucción de Alberique don Francisco de Paula Puig, promotor fiscal don Francisco Mª Alonso, escribano don Ramón Ortiz, teniente de la Guardia Civil don Nicolás Keyser, cabo don Luciano Ibáñez y los guardias Isidoro Naranjo, Francisco González, Fernando Puig y Juan Pérez Redondo, quienes en los primeros momentos de la inundación, ante los gritos de alarma y apurada situación por que atravesaban los habitantes de la calla de San Roque, se apresuraron a salvar, sacándolos a hombro o a caballo, a algunos ancianos, mujeres y niños que se encontraban en las casas que ofrecían mayor peligro.

                El juez y su comitiva, con el agua hasta los costillares de sus cabalgaduras, luchaban contra la corriente y alentaban a los atribulados habitantes, que, asomados a los huecos más altos de sus viviendas, mostraban en sus semblantes el más profundo terror y desaliento. Las aguas que descendían por la antigua calle del Molino formaron, en la confluencia con la calle de la virgen de la Seo, un verdadero remolino, dividiéndose en dos corrientes, una hacia la plaza y otra hacia la calle de San Roque, y su fuerza estuvo a punto de arrollar a jinetes y caballos, por lo que el juez y sus acompañantes se vieron obligados a retirarse.

                La fuerte presión de las aguas abría con violencia las cerradas puertas de las casas. Algunos vecinos, temiendo que sus caballerías perecieran ahogadas si se quedaban en las cuadros, consiguieron sacarlas en los primeros momentos, huyendo con ellas hacia la parte más elevada del pueblo, hacia la vecina localidad de Alcántara y hacia la era alta. Todos los demás se refugiaron en las plantas altas de sus viviendas, destinadas al cultivo del gusano de seda y almacén de cosechas. Las aguas alcanzaron, no obstante, alguna de estas plantas altas, por lo que sus ocupantes tuvieron que perforar el tejado para, en medio del fuerte vendaval y del aguacero, que les ponía en grave riesgo de resbalar hacia la calle, correr a refugiarse tras las paredes y chimeneas que sobresalían.

                El ímpetu de las aguas llegó a forzar las puertas de la iglesia, arrancando de su altar a la imagen yaciente de Nuestra Señora de la Asunción, la cual salió del templo transportada por las aguas tan suave y majestuosamente como a hombros de los mozos en solemne procesión, y , tras describir una perfecta curva en el centro de la plaza, como si pretendiera despedirse de sus devotos, fue llevada hacia el palacio señorial por la impetuosa corriente que descendía por la calle Mayor, y de allí, por el inmediato callejón, al campo abierto. Pocos días después la sagrada imagen fue encontrada en el término de Carcagente, entre las ramas de una morera, sin más deterioro en su estructura que la pérdida de uno de los dedos de la mano.

                A las seis de la tarde se inició el descenso de las aguas, que fue aprovechado por los oficiales del Juzgado y por la Guardia Civil para trasladarse, acompañados por algunos vecinos del pueblo, al cercano de Alcántara.

                Dos horas después, cuando la esperanza comenzaba a renacer en aquellas afligidas gentes, se repitió, en plena oscuridad y con la larga noche de noviembre por delante, la trágica inundación que alcanzó proporciones semejantes a la anterior y duró, incluidas la crecida y el descenso, toda la noche del 4 al 5, horrible y angustiosa, durante la cual todas las personas que se habían quedado en el pueblo hubieron de permanecer, como se ha dicho, desesperadamente atrapadas en las plantas altas de sus viviendas, sin posibilidad de recibir auxilio ni de retirarse a parte alguna, ya que el intentar abandonar la casa, a nado y en medio de la oscuridad y la fuerte corriente, equivalía a encontrar una muerte cierta.

                Esta dramática situación provocó momentos de verdadero pánico, en los que se creyó que todo estaba perdido, que aquél era un nuevo diluvio universal -sin el arca bíblica salvadora- y con él había llegado el fin de sus días para el pueblo y sus habitantes; suponían, en efecto, que Cárcer iba a ser arrastrado por las aguas del río Sellent, pues no faltaba precedentes de otras catástrofes semejantes: según tradición trasmitida de padres a hijos, en el siglo XVI(2) la localidad de Paixarella, situada cerca de la confluencia del Júcar con el Albaida, fue destruida por las desbordadas aguas de este último río; y a principios del siglo que corría, concretamente en 17 de noviembre de 1805, el pueblo de Alcocer quedó medio deshecho por la aguas del Júcar, las que completaron su destrucción cincuenta años después, precisamente el mismo mes y día de 1855, acontecimiento que tan solo nueva años después se mantenía fresco en las mentes de los habitantes de la comarca aquel aciago día 4 de noviembre de 1864(3). En la mañana del 5, habiéndose retirado las aguas del río a su cauce natural, que llenaban por completo, regresaron a Cárcer los miembros del Juzgado y la Guardia Civil, y con ayuda de las autoridades y vecinos de la localidad, procedieron al levantamiento de dos cadáveres encontrados en las inmediaciones del pueblo, los cuales habían sido arrastrados por las aguas desde los batanes y molinos de Enguera y Anna, a través de saltos rompientes y azudes, por lo que se hallaban desnudos y destrozados.

                Cumplida esta triste misión, comenzó la tarea de recuperación y saneamiento, con la recogida de los muebles y enseres que las aguas no se habían llevado que se hallaban desparramados por todas artes y en el entierro de más de cuarenta cadáveres de reses ahogadas y ya en proceso de descomposición.

                Por otra parte, la catástrofe sirvió para que se pusiera de manifiesto la solidaridad y abnegación de los habitantes del Valle. En los momentos de descenso de las aguas, entre una y otra crecida, algunos ancianos, mujeres y niños fueron trasladados a Alcántara, en donde don Salvador Izquierdo, cura párroco del pueblo, se había desprendido de sus ropas para enviárselas al cura de Cotes, que lo había perdido todo en la inundación de este lugar.

                Los vecinos de Cotes, separados de Cárcer por las desbordadas aguas del río, pedían socorro con gritos que llegaban al alma. No era posible llegar hasta ellos por el camino ordinario, ya que las aguas habían arrastrado el puente de madera con sus rampas de acceso(4).Quedaba mucho más arriba el acueducto de piedra por el que cruzaba el río la acequia Escalona, pero tres de los arcos del lado derecho se hallaban destruidos. Sin embardo, esto no arredró a los componentes del Juzgado y Guardia Civil, quienes, acompañados por don Joaquín Pascual y don Pascual Hernández, alcalde y secretario, respectivamente, y por otros vecinos de Cárcer, apoyaron sobre el estribo y restos de los arcos una escalera improvisada, y de este modo, con grave peligro de sus vidas, puesto que el menor resbalón o paso en falso hubiera bastado para que se precipitaran desde una altura de ocho metros en el remolino que formaban las turbulentas aguas, consiguieron escalar la arcada, cruzar con los socorros que llevaban sobre los desmoronados muros del lado norte de la acequia u, atravesando los barrizales que laguna que se había formado entre el molino y el pueblo, llegar a Cotes.

                El heroísmo de las autoridades judiciales y de las municipales y vecinos de Cárcer tuvo su parangón en la generosidad de los de Alcántara; su párroco, a quien antes hemos mencionado, albergó en su casa, junto con otras veinte personas, a los curas de Cárcer y Benegida, inundado a su vez por las aguas del Júcar; y, a ejemplo suyo, el alcalde y demás vecinos ofrecían franca hospitalidad a cuantos llegaban de los tres pueblos vecinos que habían sufrido la inundación.

                Estos conmovedores actos de valor, abnegación y generosidad, que he descrito con más sentimiento que maestría, llevados a cabo tanto por las autoridades como por simples vecinos de las distintas localidades del Valle, entre los que abundan los de condición humilde, bien merecen que se les dedique, al relatar el triste suceso que nos ocupa, un último párrafo de homenaje que encierra el recuerdo entrañable y el sencillo tributo de admiración hacia quienes, en momentos de adversidad y peligro, demostraron con su confraternidad que los pueblos de este rincón, más que entidades administrativas o agrupaciones urbanas independientes, forman una familia, grande  y bien  avenida, a la que resulta honroso pertenecer.

 NOTAS:

1.- Fuentes informativas: BOIX VICENTE, cronista oficial de Valencia, Memoria histórica de la inundación de la ribera de Valencia, imprenta La Opinión, Valencia, 1865.

BOSCH Y JULIÁ, Miguel, inspector del Cuerpo de Ingenieros del Estado, Memorias sobre la inundación del Júcar de 1864, presentada al Ministerio de Fomento, Imprenta Nacional, Madrid, 1866.

                Acotaciones de otros textos y fondos. Narraciones escuchadas de labios de los padres del articulista -Demetrio Cueves Suñer-, que fueron testigos presenciales de los hechos, y observaciones directamente realizadas por el autor del artículo.

2.- Probablemente el 27 de septiembre de 1517.

3.- De los pueblos Paixarella y Alcocer, tan solo quedaron los nombres, que subsisten, de dos partidas de tierra entre Villanueva de Castellón y Alberique, respectivamente, y el de una desaparecida barca denominada Alcocer, que transbordaba viajeros de un lado a otro del Júcar.

4.- No se había construido aún el puente de piedra pro el que pasa la actual carretera de Sumacárcer.


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Publicado por elnickblabla @ 16:42
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